El vestuario es un elemento
dinámico. No sé si sonará a reflexión banal, pero las prendas con las que nos
vestimos tienen movimiento, son como una capa más de nuestra piel. Por eso una
constante obsesión para mi es la calidad de los tejidos. Un vestido no
solamente es una composición plástica, es casi un ser vivo. Con sus arrugas,
pliegues y costuras. Fluctúa al caminar de forma acompasada con el cuerpo,
respira e incluso vuela. Para mí, uno de
los criterios fundamentales al adquirir una prenda es su movimiento. Por eso me
gusta este vestido, porque me deja bailar.
En una sutil muselina y estampado
etéreo, su sencillo patrón casi infantil de corte imperio resulta tan romántico
y enpolvado que incita a la danza, entre discretas trasparencias y luz azul.






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